La combinación de una moneda en caída libre, inflación persistente y tensiones políticas internas y externas ha reactivado el descontento social en Irán, dando lugar a las protestas más amplias registradas en el país en los últimos tres años.
El inicio de la semana quedó marcado por un nuevo estallido social en Irán, provocado por el rápido deterioro de la economía y el creciente desencanto hacia las autoridades financieras. La pronunciada caída del rial frente al dólar, que alcanzó valores sin precedentes, junto con la dimisión del presidente del Banco Central, desencadenó manifestaciones que pronto se propagaron más allá de Teherán. Comerciantes, pequeños empresarios y ciudadanos de a pie ocuparon las calles para expresar su frustración ante una situación que muchos consideran ya insostenible.
El derrumbe del rial como reflejo del descontento económico
La moneda iraní ha funcionado durante años como un indicador del pulso económico del país, pero en los meses recientes su evolución ha despertado una preocupación extendida. El rial se hundió hasta un nivel nunca visto al rebasar los 1,4 millones por dólar en el mercado informal, una cifra que refleja con claridad la gravedad de la situación. Aunque después mostró una ligera mejora, el efecto psicológico y financiero de semejante desplome se sintió de inmediato.
Para amplios sectores de la población, la depreciación del rial deja de ser una cifra lejana y se manifiesta como una experiencia concreta que implica precios en ascenso, salarios que se desvalorizan y una dificultad creciente para afrontar las necesidades esenciales. Los comerciantes, en particular quienes dependen de mercancías importadas o de insumos cotizados en dólares, figuran entre los más perjudicados. La volatilidad cambiaria ha debilitado la organización económica diaria y ha reforzado la sensación de que las autoridades han perdido el manejo de la situación.
La renuncia del entonces presidente del Banco Central, Mohammad Reza Farzin, confirmada por medios estatales, fue interpretada como una señal de crisis institucional. Desde su llegada al cargo en 2022, el rial ya mostraba una tendencia a la baja, pero la aceleración reciente del colapso cambiario intensificó las críticas sobre la gestión económica y la eficacia de las políticas monetarias aplicadas.
Manifestaciones en la ciudad y la influencia tradicional de los comerciantes
Las protestas se iniciaron en puntos neurálgicos de Teherán, entre ellos la calle Saadi y la zona de Shush, cercana al Gran Bazar, considerado uno de los espacios comerciales más representativos del país, y la selección de estas ubicaciones no fue fortuita, pues los comerciantes y tenderos han tenido históricamente un papel determinante en las movilizaciones sociales iraníes, incluido el proceso que condujo a la Revolución Islámica de 1979.
El cierre coordinado de locales y el llamado a que otros negocios se unieran a la manifestación rememoraron momentos anteriores en que el sector comercial empleó su influencia económica como herramienta de presión política, y en esta ocasión la acción no se circunscribió solo a demandas financieras, sino que también incorporó cuestionamientos a la gestión del gobierno y a la ausencia de señales claras de avance.
Con el paso de las horas, las movilizaciones se replicaron en otras ciudades importantes como Isfahán, Shiraz y Mashhad, lo que evidenció que el malestar no era un fenómeno aislado de la capital. En algunos puntos, las fuerzas de seguridad recurrieron al uso de gases lacrimógenos para dispersar a los manifestantes, una respuesta que recordó a episodios de represión vistos en protestas anteriores.
Aunque el domingo anterior ya se habían observado concentraciones más reducidas en mercados ambulantes del centro de Teherán, el lunes se convirtió en un momento decisivo por la amplitud y la organización de las movilizaciones. Diversos observadores locales destacaron que, a diferencia de ocasiones previas, el desencadenante económico consiguió articular a múltiples sectores sociales, trascendiendo sus divergencias ideológicas.
Inflación persistente y presión sobre la vida cotidiana
Detrás de las protestas subyace un problema estructural que afecta a la economía iraní desde hace años: la inflación crónica. Según datos del centro estatal de estadísticas, la tasa interanual superó el 42 % en diciembre, con un incremento respecto al mes anterior. Sin embargo, muchos economistas y ciudadanos consideran que estas cifras oficiales no reflejan plenamente la realidad del mercado.
El encarecimiento de los alimentos, cuyo precio se elevó más de un 70 % en un año, junto con el incremento cercano al 50 % en productos sanitarios y médicos, ha impactado con particular intensidad a los hogares de ingresos medios y bajos, mientras que la situación empeora debido al alza en el costo de la gasolina, una decisión que, aunque pretende reducir la presión fiscal del Estado, termina generando un efecto dominó sobre el transporte y el valor final de numerosos bienes de consumo.
La combinación de inflación elevada y devaluación monetaria ha reducido de forma drástica el poder adquisitivo. Para muchas familias, el salario mensual apenas alcanza para cubrir gastos básicos, mientras que el ahorro se vuelve prácticamente imposible. Este contexto alimenta el temor a una espiral inflacionaria aún más severa, que algunos críticos ya describen como el preludio de una hiperinflación.
La incertidumbre se agrava con el temor a eventuales incrementos fiscales anunciados para el nuevo año iraní, que inicia el 21 de marzo. Las notas difundidas por medios oficiales acerca de estas disposiciones han añadido más inquietud, en particular entre pequeños comerciantes y trabajadores autónomos que ya perciben la situación económica como profundamente asfixiante.
El peso de las sanciones y el aislamiento internacional
La situación vigente resulta incomprensible sin tener en cuenta el efecto prolongado que han ejercido las sanciones internacionales, y el acuerdo nuclear firmado en 2015 había despertado expectativas de reactivación económica al permitir el levantamiento de varias restricciones a cambio de una estricta supervisión del programa nuclear iraní, cuando en esa etapa el rial rondaba los 32.000 por dólar, una referencia que hoy parece muy distante.
La salida unilateral de Estados Unidos del acuerdo en 2018 y el retorno de las sanciones constituyeron un punto de inflexión. Desde ese momento, la economía iraní ha tenido crecientes obstáculos para llegar a los mercados internacionales, captar inversión y mantener la estabilidad de su moneda. La decisión de Naciones Unidas de reactivar sanciones en septiembre mediante el llamado “restablecimiento automático” profundizó aún más este aislamiento.
Estas medidas abarcaron el bloqueo de activos iraníes en el exterior, limitaciones a las operaciones relacionadas con armamento y un conjunto adicional de sanciones asociadas al programa de misiles balísticos. En conjunto, han incrementado la presión sobre las finanzas estatales y han mermado la capacidad del Gobierno para mitigar el impacto de la crisis en la población.
La percepción de que las sanciones son un factor determinante en el deterioro económico convive con críticas internas sobre la gestión gubernamental. Para muchos ciudadanos, la combinación de factores externos e internos ha creado un escenario en el que las soluciones parecen cada vez más lejanas.
Tensiones geopolíticas y ansiedad en los mercados
El entorno regional e internacional también incide en un clima de incertidumbre. El enfrentamiento de 12 días entre Irán e Israel ocurrido en junio marcó profundamente la percepción de riesgo. Aunque la contienda no derivó en un choque directo de mayor escala, continúa latente el temor a una escalada más amplia, sobre todo ante la eventual participación de Estados Unidos.
La ansiedad se manifiesta tanto en las dinámicas del mercado como en el comportamiento de los ciudadanos, quienes procuran resguardar su dinero en divisas u otros activos percibidos como más seguros, y esa creciente búsqueda de dólares intensifica la presión sobre el rial, generando un círculo vicioso complejo de detener.
En este contexto, las protestas recientes aparecen como una manifestación palpable de un descontento prolongado que trasciende un hecho aislado. La memoria colectiva aún evoca las movilizaciones de 2022, provocadas por la muerte de Mahsa Jina Amini bajo custodia policial, las cuales dejaron al descubierto profundas tensiones sociales y políticas. Aunque el motivo inmediato tiene raíces económicas, persiste un clima de desconfianza hacia las instituciones.
Un escenario abierto y sin soluciones inmediatas
Las movilizaciones de esta semana constituyen el mayor reto social que las autoridades iraníes han enfrentado en los últimos tres años. Aunque por ahora no alcanzan la magnitud nacional de protestas anteriores, su trasfondo económico las vuelve especialmente delicadas. La implicación de comerciantes y empleados del sector privado indica que el malestar ha calado en grupos tradicionalmente pragmáticos, más orientados a mantener la estabilidad que a entrar en confrontaciones políticas.
La respuesta del gobierno, tanto en términos de seguridad como de política económica, será clave para determinar la evolución de la situación. Medidas de contención a corto plazo podrían aliviar tensiones inmediatas, pero difícilmente resolverán problemas estructurales como la inflación, la devaluación y el impacto de las sanciones.
Mientras tanto, la población atraviesa un presente cargado de incertidumbre y un porvenir difícil de anticipar. La mezcla de factores económicos, políticos y geopolíticos ha generado un escenario donde cualquier chispa puede reactivar el malestar social. Las manifestaciones recientes no solo evidencian una respuesta a la depreciación del rial o a una renuncia decisiva, sino que también expresan una exigencia más amplia de estabilidad y de condiciones de vida dignas en un contexto que se vuelve cada vez más complejo.
La información incluida en este artículo proviene de CNN en español.
